Los sonidos del silencio

Silencio. Podía oírlo perfectamente. Durante estos años, había aprendido a distinguir varias clases de silencios distintos. Uno de ellos, el silencio incómodo, venía acompañado por movimientos nerviosos y bajadas de cabeza de quienes me rodeaban y conocían mi incapacidad. Luego llegó el silencio frenético. Este me irritaba especialmente, pues no me permitía escuchar nada más. Normalmente me asaltaba en la calle, envuelto en ruidos sordos y cercado por multitudes apagadas. Sin embargo, ese día iba a conocer otra clase de silencio, uno que me acompañaría el resto de mi vida.

Era un silencio de miradas valientes, de gestos que dicen más que mil palabras, de confianzas ganadas y cobardías perdidas. Un silencio de dos, uno en el que un apasionado y callado te quiero se apoderó del viento en un susurro y conquistó el corazón de un hombre enamorado, un lugar en el que sabía que siempre sería escuchado.