La sombra

La última noche de mi vida el sueño me abandonó.  De nuevo. El estruendo de la lluvia contra los cristales y el perenne murmullo del viento fustigando el viejo ciprés no hicieron más que acrecentar mi insomnio. Me asomé por la ventana para comprobar que mis pesadillas no estaban afuera tornadas en grotescas criaturas que se acercaban inexorablemente para llevarse mi alma, sino que aguardaban en mi lecho, custodiadas por el dios de los sueños.

¡Maldita la hora en que tomé esa decisión!

La penumbra era tal que no supe distinguir aquella tenebrosa sombra que se acercó sigilosamente, como si una bocanada del inframundo la moviera, invisible a la razón humana. Me quedé inmóvil, paralizado de terror, pues sabía que ese engendro había venido a llevarme con él… y lo peor de todo es que no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.