El día que morí

El día siguiente al que morí no tenía nada mejor que hacer que asistir a mi funeral. Había dejado dicho que el día de mi despedida tenía que ser un día triste. Quería lágrimas, recuerdos y soliloquios ahogados en llanto recordando las dos o tres cosas buenas que hice en mi vida. La última de ellas había sido morirme, claro, aunque poca gente aún era consciente.

Me senté en la última fila, para tener una amplia perspectiva de todos aquellos que vendrían a darme su último adiós. En mis ochenta y tres años de existencia, muchas personas se habían cruzado en mi vida. Y no tardé en darme cuenta de que muy pocas habían permanecido en ella.

Me acerqué al féretro y, justo encima de mi cadáver, hallé, perplejo, un papel con estas palabras escritas:

“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”.

Y entonces supe que había muerto mucho antes de lo que creía.